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Opinión

La devolución de IVA: el financiamiento forzoso del Estado

Balance General

03/23/2026

En México existe una verdad incómoda que cada vez más empresarios y contribuyentes están experimentando en carne propia: el Estado cobra rápido, pero devuelve lento. Y cuando se trata del Impuesto al Valor Agregado (IVA), esa realidad se vuelve aún más evidente.

El sistema fiscal mexicano está diseñado bajo una lógica clara: el IVA es un impuesto indirecto que las empresas trasladan al consumidor final. Sin embargo, en muchos sectores —exportadores, agroindustria, manufactura, desarrollos inmobiliarios o empresas con fuertes inversiones— se generan saldos a favor de IVA. Cuando eso ocurre, la ley establece que el contribuyente tiene derecho a solicitar su devolución.

El artículo 22 del Código Fiscal de la Federación es categórico: la autoridad fiscal debe devolver las cantidades solicitadas dentro de un plazo máximo de 40 días. En teoría, es un derecho claro del contribuyente. En la práctica, se ha convertido en una carrera de obstáculos.

Hoy, miles de empresas en México enfrentan requerimientos interminables, revisiones exhaustivas y procesos administrativos que prolongan las devoluciones por meses o incluso años. Cada solicitud se transforma en una especie de auditoría anticipada donde el contribuyente debe probar una y otra vez la materialidad de sus operaciones, la autenticidad de sus proveedores y la congruencia de sus CFDI.

El problema no es que el SAT revise. La fiscalización es necesaria para evitar fraudes y operaciones simuladas. El verdadero problema es cuando la devolución deja de ser un derecho y se convierte en un mecanismo de financiamiento involuntario del gobierno.

Porque cuando el SAT retiene recursos que legalmente pertenecen al contribuyente, ocurre algo muy simple: las empresas terminan financiando al Estado sin intereses.

Imaginemos una empresa exportadora que acumula un saldo a favor de 20 o 30 millones de pesos. Si la devolución tarda un año, ese dinero deja de estar disponible para inversión, nómina, capital de trabajo o crecimiento. En otras palabras, la empresa pierde liquidez mientras el gobierno mejora su flujo de caja.

Y aquí surge una pregunta inevitable:

¿es esto una estrategia deliberada o simplemente un exceso burocrático?

Los datos sugieren que no es casualidad. En los últimos años, el Servicio de Administración Tributaria ha endurecido significativamente los procesos de devolución. El discurso oficial habla de combatir la evasión fiscal y las empresas factureras, lo cual es legítimo. Pero el efecto colateral ha sido una política administrativa donde la sospecha se convierte en regla y el derecho del contribuyente en excepción.

El resultado es un sistema donde el contribuyente honesto debe probar constantemente que no es un evasor, mientras el gobierno posterga devoluciones utilizando cada resquicio procedimental posible: requerimientos adicionales, revisiones de proveedores, compulsas con terceros o auditorías completas.

Legalmente, la autoridad puede suspender plazos cuando formula requerimientos. Pero cuando ese mecanismo se utiliza de manera sistemática para extender procesos durante meses o años, la línea entre fiscalización y dilación se vuelve peligrosamente delgada.

En términos económicos, el efecto es profundo.

México enfrenta actualmente un contexto de bajo crecimiento, presión presupuestal y menor margen fiscal. En ese escenario, contener devoluciones se vuelve una forma silenciosa de mejorar la caja del gobierno.

No se trata de una decisión que se anuncie públicamente.

Pero los incentivos están ahí.

Cada peso que el SAT tarda en devolver es liquidez que permanece temporalmente en las arcas públicas.

El problema es que esta práctica tiene consecuencias graves para la economía real. Las empresas necesitan flujo de efectivo para operar. Cuando el gobierno retiene devoluciones de IVA, está afectando directamente la capacidad de inversión, contratación y crecimiento del sector productivo.

En otras palabras, el Estado termina debilitando a quienes sostienen la economía.

Un sistema fiscal sano debe cumplir con dos principios fundamentales: certeza jurídica y equilibrio entre autoridad y contribuyente. Si el gobierno exige cumplimiento inmediato para el pago de impuestos, también debe cumplir con la misma diligencia cuando corresponde devolverlos.

De lo contrario, el mensaje es claro:

En México, el fisco actúa con rapidez cuando cobra...

Pero con lentitud cuando debe pagar.

Y esa asimetría no solo erosiona la confianza en el sistema fiscal.

También pone en riesgo algo más importante:

La estabilidad financiera de las empresas que mantienen en marcha la economía del país.

CPC, LD y MI Gilberto Soto Beltrán

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