Sinaloa | Norte
El imponente Tláloc que vigila la presa Miguel Hidalgo en El Fuerte: ¿Cómo llegó a ese lugar?
En lo alto del Cerro del Mahone, dominando el paisaje donde el agua y la ingeniería transformaron al norte de Sinaloa, una colosal figura de Tláloc observa en silencio la presa Miguel Hidalgo y Costilla.

Para quienes transitan por la zona o navegan en el embalse, la escultura no pasa desapercibida, es el "vigilante" de una de las obras hidráulicas más importantes del estado. Pero, ¿cómo llegó hasta ahí este símbolo de la cosmovisión prehispánica?
La presa Miguel Hidalgo, también conocida como El Mahone, se localiza en el municipio de El Fuerte, a pocos kilómetros de Los Mochis. Fue construida entre 1952 y 1956 y se inauguró oficialmente en 1956, durante el gobierno del presidente Adolfo Ruiz Cortines, como parte de un ambicioso proyecto nacional para el control de avenidas, generación de energía y expansión agrícola en el noroeste de México.
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La presa Miguel Hidalgo
Con una capacidad de 2,921 millones de metros cúbicos, un muro de 81 metros de altura y una longitud de cortina de 2,905 metros, esta infraestructura se consolidó como una pieza clave para regular las crecidas del Río Fuerte, abastecer de agua de riego a los valles agrícolas y detonar el desarrollo regional.
Su central hidroeléctrica entró en operaciones el 27 de agosto de 1960, con capacidad para generar 60 megawatts, convirtiéndola en la segunda presa más grande de Sinaloa y una de las más importantes del país.
Tláloc, el guardián del agua en El Mahone
En 1966, se decidió colocar una escultura monumental en uno de los puntos más visibles de la presa. El encargado fue el ingeniero Guillermo Garnier Villagrán, quien construyó la figura de Tláloc utilizando piedra negra volcánica extraída del mismo Cerro del Mahone.
De acuerdo con el cronista de El Fuerte, Ernesto Parra Flores, la escultura de Tláloc fue concebida específicamente para la presa Miguel Hidalgo como parte del concepto simbólico de la obra.
"Se hizo especialmente para la presa. Allá en la Huites se iba a hacer otra cosa, algo más moderno, como el mural del túnel de Federico Silva, y acá se decidió que fuera Tláloc. Incluso, tengo entendido que este monumento se instaló durante la obra", explicó.
Ernesto Parra Flores explicó que, mientras en la presa Huites se optó por una propuesta distinta y más moderna, como el mural del túnel realizado por Federico Silva, en El Mahone se decidió colocar la imagen del dios de la lluvia, reforzando el vínculo entre el agua, la infraestructura hidráulica y la cosmovisión prehispánica.
La escultura fue colocada sobre la cortina de la presa, donde permanece hasta hoy como un símbolo cultural y espiritual, representando al dios prehispánico de la lluvia, la fertilidad y la abundancia. En la tradición mesoamericana, Tláloc era invocado para garantizar buenas cosechas, lluvias favorables y protección a quienes dependían del agua para vivir.
El monumento buscó unir la ingeniería moderna con la cosmovisión ancestral, recordando que, más allá de la tecnología, el agua sigue siendo el elemento central para la vida, la producción de alimentos y el desarrollo de las comunidades.
Aunque Tláloc es una deidad originaria del altiplano mexicano, su figura se volvió especialmente significativa en Sinaloa, uno de los principales graneros del país. La escultura se convirtió con el tiempo en un emblema regional, asociada a la esperanza de buenas cosechas, abundancia y equilibrio natural.
Es importante subrayar que este Tláloc no es el mismo que el famoso monolito de 167 toneladas trasladado en 1964 de Coatlinchán al Museo Nacional de Antropología, en la Ciudad de México. El de El Mahone es una obra distinta, creada expresamente para este sitio, y adaptada al entorno rocoso de la sierra sinaloense.
Actualmente, la presa Miguel Hidalgo no solo cumple funciones hidráulicas y energéticas, también abundan especies como lobina y tilapia, atrayendo a visitantes de distintos puntos del estado y del país.
Desde lo alto, Tláloc sigue observando el espejo de agua que transformó la región. Más que una escultura, es un recordatorio de que el desarrollo de Sinaloa está íntimamente ligado al agua, a la tierra y a la memoria de las culturas que la veneraron mucho antes de que existieran las grandes presas.
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